21 de abril de 2011

Cap. 2 "Las lágrimas de Jerusalén y la sonrisa de Damasco"

Amigas y amigos, vuestra lectura atenta me estimula y me anima a seguir esta novela. Os propongo el capítulo que falta y que enlaza con el  primero y el tercero, digo, para mejor enterder el contexto, el meollo o el lío en el cual me he metido por voluntad própìa.
Que os sea leve. !Ave! Nos vemoooos, estoy en Italia hasta el 24 de abril.

 Capítulo 2



John estaba en lo alto de una colina alfombrada de hierba, sentado, y sus brazos sujetaban las rodillas, iba sin cota, con la camisa de lana gruesa. Contemplaba la ensenada de Dover, el punto desde el cual se disparaba la mirada hacia el continente sin verlo; ese enigma. “Vivir en una isla, marca, es una cuna a flote sobre las olas con raíces submarinas, pero no te salva de nada y te separa de todo”
Desde aquel mirador vertiginoso la mar se abría ante sus ojos. “Dover en picado, nívea piedra y colosal muralla, como un aviso, playa de guijarros y olas inquietas. Será lo primero que ven aquellos que se acercan desde la otra orilla”
Le gustaba estar aquí, mirando el agua de plata y el cielo encapotado, sin otra compañía que el fuerte viento en sus cabellos o las gaviotas en lo alto.
Después del primer contacto con la soldadesca, broncos hombres, asustados, fieros, o ambas cosas, se confundió, tuvo una sensación de agobio, de miedo, de absoluta inseguridad, necesitaba esta paz a solas.


Sin prisas regresó a la villa, habían encendido el faro, anochecía y el frío húmedo le calaba los huesos.
Los barcos de la armada flotaban en el puerto; parecían cacerolas danzando sobre un espejo roto y oscuro, alguno era más esbelto, otros cuadrados, moles de inverosímil navegación, negros y embetunados, plegadas las velas con sus diversos estandartes, pero todos con el León rampante a proa, señalando el triángulo de lona con la insignia de Richard.


Bajo el castillo, en las faldas del montículo donde se erguía, proliferaban las tiendas, lucecitas, fogones, siluetas cerca del fuego calentándose y bebiendo. Los botes dormidos sobre los cantos rodados de la playa, le evocaban tejados de casas similares a las que se apiñaban cerca del muelle, tocando el agua. Bullía un trajín en los almacenes y las cuadras, ante los lupanares se formaban largas colas y en los puestos ambulantes se prendían fanales ¿qué vendían? de todo, fruslerías para calmar los ánimos disimulando la espera. Flotaba un intenso hedor a pescado, algas, brea, cocidos rancios y yodo.
John adivinaba un extraño presagio, que a pesar del engañoso bullicio, era un compás antes de algo. Se le encogía el corazón.
Muchos preguntaban angustiados:
__¿Dónde está Richard nuestro soberano?_y los enterados contestaban: __¿Donde va a estar? Con los francos que ni el inglés vulgar habla.


John suspiró agotado a causa del galope frenético sin camino, cortando por el campo y los bosques, los caballos casi muertos, él y los hombres lo mismo. La cuestión no era el cansancio, se decía, era el enigma en su cabeza, su futuro.
Ahora mismo un ansia le palpitaba del ombligo a la garganta. La incertidumbre: un reto o un juego, el horror, la muerte, la gloria, no lo sabía.
¿Qué le esperaba? Fuera lo que fuera, le alejaba del cepo paterno “¿A quién le importa el honor y los blasones del barón? Al barón. ¿Padre, quien plantará tus nabos y verduras cuando muera antes de cumplir los veinte sin ser armado caballero? ¡Maldito, quería vivir más, no me llega el tiempo para nada!”

Huía de la pesadilla que le señalaba culpable de matar a su madre, “¡Drama griego! Orestes”, ironizaba, lo estudió en los libros: “¡Las Furias o Euménides! acusándole del matricidio” Pero él no la asesinó a espada ¿qué culpa tenía? Nunca escuchó el susurro de una nana, ni vio sus ojos ni su sonrisa, ni le acunó entre sus brazos ni bebió la leche de sus pechos, esas sensaciones, no constaban en los libros.
Escapaba de una sentencia dictada antes del primer llanto.
                                Para John tenía que existir otro mundo, lo necesitaba o estaba perdido. Ese camino, aunque fuera confuso, sórdido, hasta acallar el pálpito de su corazón, lo andaría a solas, como siempre hasta ahora.


Las nubes dibujaban formas caprichosas al trasluz de la luna.
Entonces, surgido de un paralelismo mental, pensó en su hermano Arthur, que fue nombrado abad a los quince años. También flotaban nubes deshilachadas y oscuras sobre la abadía benedictina de Waltham, ayer por la mañana.

13 comentarios:

Verónica Marsá dijo...

Ya que estamos en este devoto espacio temporal dedicado a las procesiones, veo que sigues un capirote tras otro... me refiero al orden de los facores. Si me gustó el uno, mejor es el dos, amiga. ¿Correcciones ahora o al final????

Besito y felices espaguetis. Te mando una mona de pascua!!!!

Tésalo dijo...

Hay muchisimas imágenes, alguna reflexión.
Encontrarme en la belleza de las cosas y paisajes dentro de lo narrativo. Haberme sentido a un mismo tiempo tocado por algún punzón de angustia, de ansiedad.
¡Así que algunas de las embarcaciones eran barcazaz emberunadas de difícil clasificación en cuanto al cometido!
Me he quedado a gusto en esa escena en que la luna le había dado un toque umbrío a la realidad en Dover.
Y en aquel mar espejeado.
¿Cómo será Francia?

Tésalo

San dijo...

Este capitulo nos situa en la antesala de la conversación de los dos hermanos. Está lleno de descripciones perfectas,sientes que ves las embarcaciones, el mar calmo, los tenderetes. Me gustó mucho Natália.
Feliz vuelta "italiana".
Besos.

Nusa dijo...

Me encanta, Natalí, con paciencia aguardo tu vuelta. ¡Besos, linda!

ANTIQVA dijo...

Muy buena la descripcion de estos momentos previos a que la cosa comience a bullir... Se empieza a palpar lo que pronto habra de ir sucediendo.

Un abrazo, amiga

maruja dijo...

Es lo que yo digo, que tienes a las musas de tu parte, y además, trabajo, trabajo y trabajo.
Sigue y no nos dejes a medias bonita.¿De donde sacas esos guaperas?

Cornelivs dijo...

De nuevo con vosotros, y contigo, querida Natalia. Es un placer volver.

Tengo mucha faena acumulada con vosotros, prometo iros leyendo poco a poco.

Un enorme abrazo y gracias por la cariñosa bienvenida que has dejado en mi blog.

ANTONIO MARTÍN ORTIZ. dijo...

Muy interesantes las aventuras de John, en las que no falta nada, con ese ambiente entre intrépido e inesperado. Aventuras al estilo de Ulises navegante, sin que falte una fina referencia a Esquilo, con las Furias que diría un Romano, las Euménides para un Griego. Y el matricidio de por medio. Una auténtica tragedia. Ya veremos más adelante cómo se van desarrollando los hechos, sin perder de vista que en nombre de Dios se han cometido muchas barbaridades.

Te felicito, amiga Natàlia, por el relato y te deseo un buen retorno a la madre patria, a Andorra en tu caso.

Te envío un abrazo, y que tu novela se vaya desarrolando sin perder interés ni inquietudes.

Antonio

CAS dijo...

Aquí estoy, al pie del cañon, tratando de cumplir como buen soldado la tarea de una bloguera de vuelta al redil. Por ahora más que otra cosa, te dejo muchos abrazos (después de haberlos probado en carne y hueso, tienen un valor agregado!)

Javier dijo...

Dover, Waltham...... Me gusta.
Fruslerías...., que hermosa palabra y q ue poco se utiliza.
Continúa.
Bienvenida de las Italias....

Saludos.

Fibonacci dijo...

Te he leido muy detenidamente, este segundo capítulo me ha parecido muy interesante, introduciendonos tanto en la época, paisaje y personaje central de esta obra.
Así como el plano fónico, morfosintáctico y semántico me parecen excelente, así como los matices de algunas palabras y la reconstrucción arqueológica de la época. Pero lo más importante para mi, es que tiene ¡vida!
Solo me queda felicitarte, deseando seguir leyendote con fruición en la siguiente entrega que espero no tardes mucho en publicar.
Bienvenida de nuevo ¡Y a retomar rápidamente la obra, no dejes que se te enfrie!...un besote amiga.
Pd. Perdona por no haberte contestado antes, pero tambien he estado disfrutando de unas pequeñas vacaciones, por cierto muy merecidas y fructíferas, que ya narraré en su día.

Fernando dijo...

Querida Natàlia hace ya 22 años que nos conocimos en el África de los Procónsules, Dugga y Sbeitla fueron sus testigos.
Entre restos romanos se cruzaron nuestros sentimientos, entre la embriaguez de aquellos lugares comenzó una gran amistad y entre conversaciones regadas con el tinto Cabernet Château Mornag nuestra comunión de alma.

Esos lazos siguen alimentados por tu hermosa palabra en “imaginar”, por la apasionada historia y por nuestro amado Mediterráneo.

Fernando Oliva

elena clásica dijo...

El alma del guerrero, aun antes de serlo, pero circunstancia hacia la que el destino le aboca.

Maldito el padre que busca honores manchados de sangre y de la libertad cortada de su hijo.

Sensaciones y dolores que angustian a John hasta la incertidumbre del futuro y del pasado trágico en el que se siente sumido sin haber nunca empuñado una espada. ¿Qué culpa tiene de ser haber sido gestado, de asumir alma humana y de haber nacido? Terrible el recuerdo que rasgó a la figura femenina que parece busca en lo más recóndito de su conciencia.
Otro punto en común entre personajes de tus obras: la malograda madre, la necesaria búsqueda de la figura femenina.

Continúo. Besitos.