
¿La culpa fue de John Wayne? El marco negro y él que se vuelve, se va lento con sus andares vaqueros y desengañados hacia el paisaje, naranjas y ocres. Pero la cosa viene de más lejos, de la sala olor a desinfectante, de las pipas, de la tortilla, gaseosa y programa doble, cine Infanta, al lado de mi casa.
La ventana indiscreta se abrió después de Pluto, Pinocho y Bugs Bunny, cuando mi risa de niña en el Publi, Paseo de Gracia. Después se abrió a todos los horizontes de grandeza hasta las Nieves del Kilimanjaro, sonó el grito de !Hatari! y cerca de unas cascadas, admiré el beso crepuscular del Dumbo cazador blanco a la caprichosa e insulsa rubia, por suerte le rescató Ava la diosa. Dioses y héroes me llevaron a la Cólquide con Jasón y sus argonautas, se desató la furia de los Titanes y volé a lomos de Pegasus. De vuelta, en Navidad nevaba cuando me dije !qué bello es vivir!, la vita è bella, dolce vita! Me parecía al hombre tranquilo, arrojando un ridículo bombín hacia el cielo lluvioso de Irlanda.
La danza de la muerte, el ajedrez metafísico a lo sueco, cuatrocientos golpes más 8 1/2, y ya estaba metida de lleno en el ensayo. Antes anduve por el camino de baldosas amarillas, cantando bajo la lluvia y con las faldas a lo loco. Imprevisible, un decorado se desplomó a mi espalda, quedé indemne en medio de la ventana, por un milagro, por un plano del Pamplinas ¿o era Chaplin en la cadena fabril armado con una llave inglesa? Me parece que me salvó Robin Hood, no sé cual, !qué guapos! No obstante, como Marian, la exquisita frágil, prefiero al maduro Robin Connery para desayunar con diamantes mejor que en Tiffany. Bellos todos, pero no tanto como el icono Paul de ojos azules, amargado junto a la gata de mirada violeta, aquella del tejado, la mujer pantera, amiga del gatopardo, sucedió en la noche de la iguana o en la noche americana.
A partir de entonces me lo pusieron en bandeja de plata y ni los pájaros asesinos me disuadieron, así que jugué y perdí en el Casino, me dejaron KO toro Salvaje, más Rocco y sus hermanos. Baldada, al salir me esperaba taxi Driver con la sonrisa descarada. Opté por el tranvía llamado deseo, Brando, su camiseta imperio y su nuca deseable...desconecté el móvil aunque sonaba 007.
Todo se transformó en sed de mal, versión del Apocalipse Now, !ahora! En la sala, la que fuera, reinó la pesadilla con ogro atractivo cuando la noche del cazador, fue la marabunta de hormigas voraces, Alien, Kill Bill con su katana y el tiburón que me comía los pies, no faltaba el verdugo de voz cascada con su maletín ruidoso, garrote vil 30 años, estaban el ángel exterminador o el desvalido Frankenstein con su novia, el delgado Nosferatus, el lascivo Drácula; los dos hincando los incisivos en mi garganta, !pandilla de Freaks! grité. Sentía las uvas de la ira del Dies Irae. Resistí hasta que llegaron los siete samuráis y los siete magníficos, todos profesionales que formaban un grupo salvaje de rebeldes sin causa. Más tarde, relajada, desde la escalera escuché la canción melancólica y triste de los dublineses, lejanas, sonaron las campanadas a medianoche, shakesperianas.
Me acuerdo que cuando la boda de la hija de Ryan se cantó la Marsellesa. No faltó al guateque el hindú gafe tocando el sitar, ni el padrino, ni la guitarra de Johnny, ni el arpa de Harpo. El picnic fue cerca del puente sobre el río Kwai, río Bravo o Lobo y todos silbábamos, menuda resaca, ayyy Dr. Zivago.
Porque nadie es perfecto, enseguida me encontré despistada en Manhattan, !América, América! y la Libertad patética sepultada hasta el ombligo en la playa, un aviso. !Oh! albur del rebobinar, de pronto estaba remando en un trirreme junto al atlético Ben-Hur, no me quejé. Suerte que estaba atento Espartaco luciendo su hoyuelo a lo Ulises, que si me fío de la pregunta; quo Vadis?, aún estaría en la Vía Apia sin saber dónde estaba el aeropuerto...neblina espesa, las hélices que zumbaban y aquel gabacho de Vichy que dice: "presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad" Acertaba, así ha sido hasta hoy, mil y una noches fascinada; corre por mis venas el celuloide y escucho el rugir de la Metro.
Vuelvo a ser niña y en la oscuridad parpadeante aparece la ley del deseo. ¿Cuántos besos apasionados? Entonces, la mayoría cortados, capados. Se me cruzan secuencias, contrapicados, picados, panorámicos, primeros planos, músicas, palabras y rostros que quieren estar en la bobina de mis recuerdos, y están, juntos, revueltos, eternos e indelebles, os quiero, y aborrezco las palomitas apestosas del mirar hoy lo que es el cine. En el sofá de mi casa, fumando si quiero, os encuentro ante la linterna mágica, uno de los gustos que dan sentido a la vida.
Una noche soñé dormirme en los brazos del hombre ideal, en aquel porche: Reina el calor del sur, húmedo, y en la oscuridad un horror agazapado, pero estoy a salvo, acunada mientras canta un ruiseñor y Atticus me acaricia."
Pasen al cine de Mónica: http://neogeminis.blogspot.com/



Porcelana Capodimonte, s.XIX






























