Siempre, por raro que parezca, me ha dado por lo medieval, es decir, por los contrarios. Ahí queda eso, leeré comentarios al volver, opinad si os place, lo espero desde Berlín. Bsitos compas.P.D: Es un capítulo entero de "El bosque se Sherwoord" uno de mis...escritos, ayyy.
Bajo el pórtico de la catedral de Canterbury, John I de Inglaterra* tembló de frío mientras contemplaba indiferente, los techos húmedos y brillantes de las casas que se apretaban frente a la plaza, recibiendo el aguacero. Se arrebujó hasta las orejas en la capa forrada de pieles, y luego dirigió la mirada a los abedules desnudos que escoltaban el cementerio, a su izquierda. Una de las gárgolas en forma de monstruoso simio, vomitaba lluvia por la boca y le salpicaba con alguna gota, la anécdota se le antojó una burla grotesca a su persona.
No escuchaba, o hizo ver que no oía, los alaridos de la chusma ni tampoco la salmodia del arzobispo, soltando latinajos, incomprensibles para aquella gente que se agolpaba, indignada y furiosa ante ellos, sin importarles mojarse , así era la plebe, indemne a las inclemencias, puras béstias, ganado.
No escuchaba, o hizo ver que no oía, los alaridos de la chusma ni tampoco la salmodia del arzobispo, soltando latinajos, incomprensibles para aquella gente que se agolpaba, indignada y furiosa ante ellos, sin importarles mojarse , así era la plebe, indemne a las inclemencias, puras béstias, ganado.
Una nube de incienso, suministrada por los canónicos, borraba las siluetas del entorno y le hacía cosquillas en la nariz.
Él pensaba en otros asuntos. Estaba en otra parte:
“La jaqueca por culpa del insumiso Robin, sólo acabará cuando muera y cuando arda el maldito bosque de Sherwood. Ojalá que eso ocurra mañana, y les doy un día más de vida, a él y a los árboles.»
Se mordió la uña del meñique con insistencia.
—Milord…— La voz aterciopelada del arzobispo le susurraba al oído.
Su imagen describía un símbolo siniestro e impresionante: cargado de pedrerías, vestido de seda púrpura, enguantado, capa forrada de armiño, mitra en la cabeza, y agarrando el báculo con un gesto obstinado.
—Milord… —reiteró el prelado— el Todopoderoso se ha pronunciado. Son culpables.
—Desde luego —dijo John, pero pensó: «Qué cinismo el tuyo, arzobispo»
Miró al viejo que mostraba el brazo derecho en carne viva; le sujetaban entre dos soldados y perdía el sentido.
El caldero hirviendo, instrumento mediante el cual se decidía el veredicto en la ordalías, humeaba diseminando burbujas en la superficie del agua. Cubriéndose de resignación John se levantó para pronunciar sentencia.
Él pensaba en otros asuntos. Estaba en otra parte:
“La jaqueca por culpa del insumiso Robin, sólo acabará cuando muera y cuando arda el maldito bosque de Sherwood. Ojalá que eso ocurra mañana, y les doy un día más de vida, a él y a los árboles.»
Se mordió la uña del meñique con insistencia.
—Milord…— La voz aterciopelada del arzobispo le susurraba al oído.
Su imagen describía un símbolo siniestro e impresionante: cargado de pedrerías, vestido de seda púrpura, enguantado, capa forrada de armiño, mitra en la cabeza, y agarrando el báculo con un gesto obstinado.
—Milord… —reiteró el prelado— el Todopoderoso se ha pronunciado. Son culpables.
—Desde luego —dijo John, pero pensó: «Qué cinismo el tuyo, arzobispo»
Miró al viejo que mostraba el brazo derecho en carne viva; le sujetaban entre dos soldados y perdía el sentido.
El caldero hirviendo, instrumento mediante el cual se decidía el veredicto en la ordalías, humeaba diseminando burbujas en la superficie del agua. Cubriéndose de resignación John se levantó para pronunciar sentencia.
Se hizo un raro silencio y únicamente se escuchaba el canto líquido de las gárgolas:
—Estos siervos no tienen derecho alguno en su demanda. Mienten. Dios Todopoderoso se digna a comunicarnos su voluntad inapelable, que se manifiesta quemando la carne del litigante con el agua de la verdad. Si la razón los sostuviera, no se hubiera abrasado. Amén, loado sea el Creador, que Él se apiade de las almas de estos pecadores - dejó una pausa estudiada en el aire y juntando las manos en un ademán piadoso, agregó: —Obispo Stephen Langton, en esta ordalía Dios otorga razón a Vuestra demanda. Así lo declaro ante todos, yo, John Primero Plantagenet, rey de Inglaterra, Señor de Irlanda. !Proceded!
El monarca bostezó, volviéndose luego a sentar.
—Estos siervos no tienen derecho alguno en su demanda. Mienten. Dios Todopoderoso se digna a comunicarnos su voluntad inapelable, que se manifiesta quemando la carne del litigante con el agua de la verdad. Si la razón los sostuviera, no se hubiera abrasado. Amén, loado sea el Creador, que Él se apiade de las almas de estos pecadores - dejó una pausa estudiada en el aire y juntando las manos en un ademán piadoso, agregó: —Obispo Stephen Langton, en esta ordalía Dios otorga razón a Vuestra demanda. Así lo declaro ante todos, yo, John Primero Plantagenet, rey de Inglaterra, Señor de Irlanda. !Proceded!
El monarca bostezó, volviéndose luego a sentar.
Les subían al cadalso empleando la fuerza viva. La gente gritaba. Convenía abreviar:
—Con suma rapidez —ordenó el rey al oficial.
El coro de monaguillos subió el tono de los rezos en latín, a la vez dispensaban nubes grises y densas, propulsando los incensarios con ímpetus juveniles.
No obstante, estas argucias no sirvieron de nada. Todos vieron como el más joven, un muchacho de apenas quince años, tuvo su última erección colgando de la soga. A nadie se le escapó que a la mujer se le veían las nalgas, balanceándose en la cuerda. La vieja parecía reírse imitando a un trapo sucio que alguien había olvidado en la cuerda, y se le seccionó la cabeza porque tenía el cuello muy fino. Los otros tres, varones, tardaron en morir, dado que sus gargantas eran de campesino recio. La niña no pudo ni chillar; murió en el acto.
—Con suma rapidez —ordenó el rey al oficial.
El coro de monaguillos subió el tono de los rezos en latín, a la vez dispensaban nubes grises y densas, propulsando los incensarios con ímpetus juveniles.
No obstante, estas argucias no sirvieron de nada. Todos vieron como el más joven, un muchacho de apenas quince años, tuvo su última erección colgando de la soga. A nadie se le escapó que a la mujer se le veían las nalgas, balanceándose en la cuerda. La vieja parecía reírse imitando a un trapo sucio que alguien había olvidado en la cuerda, y se le seccionó la cabeza porque tenía el cuello muy fino. Los otros tres, varones, tardaron en morir, dado que sus gargantas eran de campesino recio. La niña no pudo ni chillar; murió en el acto.
John recapacitó que los antiguos romanos, acatando la prohibición legal de ejecutar vírgenes, tenían la delicadeza de desflorarlas antes de proceder. Hoy, esta niña moría sin probar varón. ¡Qué tiempos!
—Mueren como animales, raza de gusanos —sentenció, John, sin levantar la voz.
—Milord, no es una cuestión de razas. Se trata de dinero y de hacer respetar el orden establecido. —El arzobispo lo dijo mostrando sus blancos dientes entre los labios, iguales a espadas desnudas y afiladas.
—Verdad incuestionable. Los reyes coronados nunca os llegaremos a superar, Ilustrísima. Lleváis siglos de práctica y, además, os apoya Aquel… —Señaló al cielo con el mentón— que a nosotros, aunque reyes, no nos apoya. Excelencia, jugáis con ventaja. Y en cuanto a derramar sangre, no tenéis rivales. Me basta con citar cuatro cruzadas y algunos procesos sobre determinadas herejías que lleváis acabo, personalmente, con un celo que titularía de encomiable y extremadamente rotundo.
El arzobispo cerró los ojos sin querer replicarle al soberano.
—Entre tú y yo, dime Langton; ¿nos sale a cuenta montar este espectáculo lamentable que puede costarnos caro, para confiscar un patrimonio de cinco cerdos, un campo de nabos, dos vacas y una choza? Se han negado a pagar el diezmo de tres años aduciendo malas cosechas. Con darles una tregua, ¿qué perdíamos? Nada, y ganábamos fama de misericordiosos. Siempre resulta. Te advierto que seré yo el encargado de sofocar la mala leche de esta chusma apoyada por Robin y los suyos, porque, Excelencia, tus canónicos declinan el honor de empuñar una espada—Langton le respondió inclinándose ligeramente:
—John Plantagenet, monarca de los ingleses, te conozco y me conoces. Tuvimos nuestras diferencias, pero hablaré con franqueza. Tu hermano lo supo y otros antes que él. Desde los césares de Roma la cuestión pecuniaria no importa tanto, lo vital es mantener la disciplina; y si falla, dar ejemplo. Ahora esta gente sabe lo que acarrea negarse a satisfacer el diezmo, el tributo, la leva o cualquier cosa que les mandemos. Ahí tienen la muestra, penoso, y nos disponemos a rezar por sus almas; pero es imprescindible. Milord, si nos vieran débiles, indecisos, blandos, se juntarían todos contra nosotros. Imagínatelo; son mayoría absoluta.
—Amén. Siempre tenéis razón. Por algo fuisteis doctor teólogo en la prestigiosa Universidad de París. Allí se aprende algo más que latín y derecho canónico.
—Mueren como animales, raza de gusanos —sentenció, John, sin levantar la voz.
—Milord, no es una cuestión de razas. Se trata de dinero y de hacer respetar el orden establecido. —El arzobispo lo dijo mostrando sus blancos dientes entre los labios, iguales a espadas desnudas y afiladas.
—Verdad incuestionable. Los reyes coronados nunca os llegaremos a superar, Ilustrísima. Lleváis siglos de práctica y, además, os apoya Aquel… —Señaló al cielo con el mentón— que a nosotros, aunque reyes, no nos apoya. Excelencia, jugáis con ventaja. Y en cuanto a derramar sangre, no tenéis rivales. Me basta con citar cuatro cruzadas y algunos procesos sobre determinadas herejías que lleváis acabo, personalmente, con un celo que titularía de encomiable y extremadamente rotundo.
El arzobispo cerró los ojos sin querer replicarle al soberano.
—Entre tú y yo, dime Langton; ¿nos sale a cuenta montar este espectáculo lamentable que puede costarnos caro, para confiscar un patrimonio de cinco cerdos, un campo de nabos, dos vacas y una choza? Se han negado a pagar el diezmo de tres años aduciendo malas cosechas. Con darles una tregua, ¿qué perdíamos? Nada, y ganábamos fama de misericordiosos. Siempre resulta. Te advierto que seré yo el encargado de sofocar la mala leche de esta chusma apoyada por Robin y los suyos, porque, Excelencia, tus canónicos declinan el honor de empuñar una espada—Langton le respondió inclinándose ligeramente:
—John Plantagenet, monarca de los ingleses, te conozco y me conoces. Tuvimos nuestras diferencias, pero hablaré con franqueza. Tu hermano lo supo y otros antes que él. Desde los césares de Roma la cuestión pecuniaria no importa tanto, lo vital es mantener la disciplina; y si falla, dar ejemplo. Ahora esta gente sabe lo que acarrea negarse a satisfacer el diezmo, el tributo, la leva o cualquier cosa que les mandemos. Ahí tienen la muestra, penoso, y nos disponemos a rezar por sus almas; pero es imprescindible. Milord, si nos vieran débiles, indecisos, blandos, se juntarían todos contra nosotros. Imagínatelo; son mayoría absoluta.
—Amén. Siempre tenéis razón. Por algo fuisteis doctor teólogo en la prestigiosa Universidad de París. Allí se aprende algo más que latín y derecho canónico.
John se levantó con ganas de ponerse a cubierto. La lluvia arreciaba y en el nártex que precedía a la entrada, se ahorraba mojarse sin perder de vista los acontecimientos en la plaza. Apoyado en una de las finas columnillas, como de pasada, le advirtió al arzobispo:
—Arzobispo, jamás os pase por alto que llevaís el báculo que yo os permití empuñar aceptando los términos del Papa Inocencio. Costó grandes y mundanales esfuerzos, sangre auténtica y 1000 libras anuales que os pagamos religiosamente, nunca mejor dicho, en nombre de Inglaterra e Irlanda.
—Jamás lo olvido, milord. Al final la voluntad del que ocupa el trono de Pedro se impuso, ocurrió en Dover hace medio año y ante el legado papal y los caballeros del Temple. Grácias a la Bula Áurea volviste al redil de la Iglesia como uno de sus hijos predilectos, y así la excomunión de tu persona real quedó abolida. Inglaterra se encuentra de nuevo acogida bajo la tutela de la verdadera fe y los testarudos barones tendrán que rendirte armas o verse arrojados a las tinieblas. Rey John, la Santa Sede es una aliada misericordiosa.
El arzobispo sonrió sin enseñar los dientes, frunciendo sus finos labios.
John le abofetearía, citar la misericordia ante el espectáculo de aquellos ajusticiados por voluntad de la Iglesia, le parecía el colmo de la impudicia. Sin embargo, ante los conflictos bélicos que se avecinaban con los barones, contar con el apoyo divino le iría de primera. Lleno de rabia se dijo: “Algún día el rey de Inglaterra será la cabeza de la Iglesia en este país.”
— ¡Sacad esos despojos de mi vista, imbéciles! —ordenó al capitán de la guardia.
Aquello podía degenerar en un altercado. John suspiró resignado. Tenía que estar en todas porque le rodeaba un atajo de inútiles.
De reojo vio que los cuerpos de los ajusticiados eran llevados a un carro para quemarlos discretamente en un lugar igualmente discreto. El vocerío del populacho subía de intensidad y su jaqueca también. Se levantó, dando por terminado la dichoso trámite de la ordalía.
Al entrar en la nave escuchaba el retumbar de los cánticos gregorianos entonando el Dies irae de la Misa de Difuntos para salvar las almas de los pecadores que acababan de ejecutar.
El ambiente era pesado, turbio, apestando a cera. Las cabezas de los nobles y sus esposas se volvieron, inclinándose ceremoniosamente ante el rey de Inglaterra, las sedas crujieron, tintinearon las cadenas de oro, uno tosió llevándose el puño a los labios.
Stephen Langton ocupaba el trono reliquia del San Agustín y John se contentó con otro a su derecha, situado en el transepto, dos peldaños por debajo. Evadiéndose de esa molesta y pública humillación, el rey meditaba:
«Thomas Becket. Cuando mi padre Enrique te hizo asesinar en el atrio de esta catedral se perdió la decencia, sin embargo aquello supuso una lección para el clero, ojalá yo tuviera la energía de mi padre, porque a Langton le aplicaría el mismo tratamiento.»
John estornudó. El frió reinaba entre los pesados capiteles esquemáticamente corintios y la humedad, convertida en serpiente reptadora, inundaba los elevados arcos de medio punto, las pilastras, el pavimento de piedra y a los espíritus de los soldados y santos aquí enterrados.
—Arzobispo, jamás os pase por alto que llevaís el báculo que yo os permití empuñar aceptando los términos del Papa Inocencio. Costó grandes y mundanales esfuerzos, sangre auténtica y 1000 libras anuales que os pagamos religiosamente, nunca mejor dicho, en nombre de Inglaterra e Irlanda.
—Jamás lo olvido, milord. Al final la voluntad del que ocupa el trono de Pedro se impuso, ocurrió en Dover hace medio año y ante el legado papal y los caballeros del Temple. Grácias a la Bula Áurea volviste al redil de la Iglesia como uno de sus hijos predilectos, y así la excomunión de tu persona real quedó abolida. Inglaterra se encuentra de nuevo acogida bajo la tutela de la verdadera fe y los testarudos barones tendrán que rendirte armas o verse arrojados a las tinieblas. Rey John, la Santa Sede es una aliada misericordiosa.
El arzobispo sonrió sin enseñar los dientes, frunciendo sus finos labios.
John le abofetearía, citar la misericordia ante el espectáculo de aquellos ajusticiados por voluntad de la Iglesia, le parecía el colmo de la impudicia. Sin embargo, ante los conflictos bélicos que se avecinaban con los barones, contar con el apoyo divino le iría de primera. Lleno de rabia se dijo: “Algún día el rey de Inglaterra será la cabeza de la Iglesia en este país.”
— ¡Sacad esos despojos de mi vista, imbéciles! —ordenó al capitán de la guardia.
Aquello podía degenerar en un altercado. John suspiró resignado. Tenía que estar en todas porque le rodeaba un atajo de inútiles.
De reojo vio que los cuerpos de los ajusticiados eran llevados a un carro para quemarlos discretamente en un lugar igualmente discreto. El vocerío del populacho subía de intensidad y su jaqueca también. Se levantó, dando por terminado la dichoso trámite de la ordalía.
Al entrar en la nave escuchaba el retumbar de los cánticos gregorianos entonando el Dies irae de la Misa de Difuntos para salvar las almas de los pecadores que acababan de ejecutar.
El ambiente era pesado, turbio, apestando a cera. Las cabezas de los nobles y sus esposas se volvieron, inclinándose ceremoniosamente ante el rey de Inglaterra, las sedas crujieron, tintinearon las cadenas de oro, uno tosió llevándose el puño a los labios.
Stephen Langton ocupaba el trono reliquia del San Agustín y John se contentó con otro a su derecha, situado en el transepto, dos peldaños por debajo. Evadiéndose de esa molesta y pública humillación, el rey meditaba:
«Thomas Becket. Cuando mi padre Enrique te hizo asesinar en el atrio de esta catedral se perdió la decencia, sin embargo aquello supuso una lección para el clero, ojalá yo tuviera la energía de mi padre, porque a Langton le aplicaría el mismo tratamiento.»
John estornudó. El frió reinaba entre los pesados capiteles esquemáticamente corintios y la humedad, convertida en serpiente reptadora, inundaba los elevados arcos de medio punto, las pilastras, el pavimento de piedra y a los espíritus de los soldados y santos aquí enterrados.
En su sepulcro de mármol, tendido como durmiendo, Thomas Becket era la única alma pura bajo los techos de la catedral; alguien, cualquiera, entre el público, debió pensarlo.
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John I, rey de Inglaterra, Señor de Irlanda (1116-1216) llamado Juan sin tierra. Hijo de Enrique II Plantagenet y Leonor de Aquitania, hermano y sucesor de Richard, Corazón de León. La leyenda de Robin Hood y su banda en el bosque de Sherwood, se relata en aquella época, enfrentándose a los abusos del poder feudal.
















